1. 4. Líneas de dirección y curvas de nivel (La textura en la representación).
Las líneas de contorno, según vimos con anterioridad, definen la separación entre fondo y figura, y asimismo entre figuras que se superponen. Decíamos que la línea de contorno fue una de las primeras claves de la percepción, y acaso la más importante descubierta por los primeros dibujantes. La razón era simple, nuestra percepción, e incluso la percepción de algunos animales, reacciona de una manera muy similar ante las líneas como lo hace ante los límites de los objetos reales. No en vano, E. H. Gombrich criticó cierta vez la consabida queja de algunos pintores modernos, quienes decían que si en la realidad las cosas no tienen líneas de contorno tampoco los dibujos deben tener tales líneas. En verdad, la tradición de los buenos dibujantes escolásticos, como Ingres, demostraba todo lo contrario.
No obstante, la capacidad descriptiva y expresiva de las líneas ni por asomo se agota en los contornos y dintornos. Sino que sus posibilidades se adentran en otras de las claves perceptuales que mencionó J. J. Gibson, los gradientes de textura. Además de la figura y el fondo, y la línea de contorno, la textura es un indicador muy importante del campo visual. Por una parte, a medida que los objetos se alejan de nosotros, nuestra capacidad de percibir los detalles disminuye notablemente. Con lo cual, en un dibujo también la relación entre zonas detalladas y zonas sin detalles puede percibirse como alejamiento y cercanía. En segundo lugar, los detalles que describen la superficie de las cosas se alteran según el espacio que ocupan en el objeto y, en suma, describen la forma del objeto. De manera que si imaginamos que las superficies están rayadas, descubrimos que mediante la línea también podemos evocar la redondez de las superficies. Se entenderá mejor con este ejemplo, un viejo método de los grabadores antiguos para observar una suerte de "curvas de nivel", como las que se emplean en topografía.
Imaginad que a Lucía la sentamos delante de una ventana soleada. Pero esa ventana tiene una persiana transforma el foco en hileras de luz y sombra alternadas. Las hileras de sombra, pues, al dibujarse en la cara de Lucía, no quedarán rectas, sino que se adaptarán las curvas y redondeces de la cara.
O también, pensad en una tela rayada, que ponemos de cualquier manera sobre una mesa. Como en este dibujo de Jean Smith, las líneas negras, que se ajustan al movimiento y las dobleces de la tela, ayudan a percibir la forma de los pliegues, sobre todo al cambiar de dirección, juntarse y separarse en según qué partes. Y abajo podéis ver un par de dibujos con témpera, del pintor vienés Egon Schiele. Éste muy rara vez empleaba sombras en sus dibujos, pero si se observan los vestidos rayados, las líneas, al juntarse y separarse, contribuyen a percibir el volumen y las dobleces, las formas cóncavas y convexas.
O, como en los dibujos japoneses de olas, de Mori Yuzan (libro Hamonshū), pueden sugerir un movimiento, una dirección, o una corriente de agua, aunque sepamos que las corrientes de aguas difícilmente podrían contener esos hilos o agujas retorcidas.

























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